La última sesión de Freud. Dios vs Razón el debate inconcluso.

La última sesión de Freud

La última sesión de Freud, dirigida por Matt Brown, imagina un encuentro imposible pero intelectualmente explosivo: una conversación entre Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, y C. S. Lewis, el brillante escritor y apologista cristiano. Londres, 1939. Europa tiembla ante el rugido del fascismo, los aviones empiezan a dividir el cielo y las certezas, una vez más, parecen derrumbarse como muebles viejos en una casa bombardeada.

En ese clima de inminente catástrofe, Freud —enfermo, exiliado, desencantado— recibe a un joven Lewis que aún no ha escrito Las crónicas de Narnia, pero que ya ha vivido su propia conversión desde el ateísmo hacia la fe. El diálogo entre ambos no es una discusión: es un combate moral, una confrontación entre dos formas de mirar el universo.

Lewis, todavía peregrino, defiende que “el indicio más evidente de cordura es la capacidad de cambiar de opinión”. Freud levanta una ceja: él, que ha dedicado la vida a desnudar el alma humana, desconfía de cualquier luz que no pueda explicarse.

Nunca será mi Viena, piensa: Londres, por mucho que lo acoja, no tiene los colores ni los temblores de su ciudad perdida.

Un combate intelectual: Freud vs. Lewis

La película funciona como un ring ético donde dos mentes colosales se enfrentan alrededor de una sola pregunta:

¿existe Dios o no?

Y en torno a esa pregunta orbitan todas las demás:

el sufrimiento, la culpa, el miedo, la moral, el sentido del dolor.

Freud, irónico hasta la médula, se aferra a una convicción amarga:

La religión fue un breve momento de luz que convirtió a la humanidad en una guardería.

Un parque infantil contra la oscuridad.

Y solo tiene una palabra que ofrecer como legado: madurar.

Madurar significa, para él, dejar de pedirle al cielo explicaciones que solo le competen al ser humano.

El sufrimiento —dice— no es un castigo divino: es una máquina que fabricamos nosotros mismos, una herida hecha por nuestras propias manos.

Lewis, en cambio, llega desde otra orilla.

Para él, el anelo —ese impulso misterioso hacia algo más grande que nosotros— no es una ilusión infantil, sino un indicio de trascendencia. Algo que señala hacia un lugar que no recordamos, pero que añoramos como si lo hubiéramos habitado antes.

Cree, como escribió Edgar Allan Poe, que “la vida es un sueño dentro de un sueño”, pero un sueño que apunta a una verdad.

El placer es un susurro, sostiene Lewis.

Pero el dolor es el megáfono de Dios.

Una frase que irrita profundamente a Freud, para quien la moral es solo la máscara del miedo:

El sentido moral de un hombre lo crea el miedo.

El miedo, la oscuridad y la bestia

En el corazón del film late una intuición compartida, aunque ambos la interpreten de forma distinta:

nunca maduramos del todo para afrontar el terror de estar en la oscuridad.

Freud ve esa oscuridad como el estado natural del ser humano: un laberinto psíquico poblado por pulsiones, traumas y deseos recónditos.

Lewis la entiende como la distancia entre nosotros y lo sagrado.

La bestia —esa certeza moral que arrastra a la humanidad a guerras y fanatismos— aparece como el verdadero enemigo de la conversación. No es Dios quien castiga: somos nosotros, con nuestra incapacidad de mirarnos sin máscaras.

La película no resuelve la pregunta central.

No podría.

Porque La última sesión de Freud no trata de elegir un ganador, sino de mostrar que la verdad no es un monólogo, sino una tensión.

Una cuerda tirante entre dos visiones del mundo que se necesitan para no caer en el abismo del dogmatismo.

Conclusión — Dos hombres ante el abismo

Lewis trae el brillo tímido de la esperanza.

Freud, el filo lúcido de la desilusión.

Ambos, sin embargo, están colocados sobre el mismo precipicio: el fin de una era, el principio de otra guerra, la inminencia de la muerte.

El film se convierte así en un ensayo cinematográfico sobre la adultez moral, la vulnerabilidad humana y el misterio de existir en un universo que nunca responde del todo.

Freud insiste: “madurar” es la única tarea pendiente de la humanidad.

Lewis replica: tal vez madurar no sea apagar la fe, sino comprenderla.

Y entre ambos, el espectador queda suspendido en esa zona donde ninguna teoría —ni la divina ni la psicológica— puede calmarnos del todo.

Porque al final, todos estamos —como dijo Poe— atrapados en un sueño dentro de un sueño.

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